Lo arrastró hacia la otra habitación y lo dejó sentado en la cama. Sin moverse de su campo de visión se soltó la cola del pelo y la lanzó por encima de su cabeza. Su cabello rubio brillo como el sol aún con la miserable luz que alumbraba la estancia. El chico se estaba poniendo nervioso. Quería salir de aquel extraño lugar, pero a su vez, no sabia muy bien porqué, algo le mantenía inmóvil en aquel sitio. Ya no supo que pensar cuando ella empezó a subirse poco a poco aquella prenda que cubría como poco sus pechos y éstos, blancos como la nieve, con aquellos pequeños pezones de color rosado quedaron al descubierto. Más aún, cuando ella se sentó sobre sus piernas y se los acercó a la boca pudiendo sentir éste su suave olor de cerca y pudiendo rozarlos con sus labios. Los besó y luego la besó a ella. Sus lenguas jugaron dentro de sus bocas queriendo no separarse. Las manos de él estaban acariciando ya aquel oscuro lugar del deseo por encima de sus pantalones mientras ella le iba metiendo la mano por debajo de suéter y se lo subía dejando entrever un conjunto poco normal de cicatrices que tenía por todo su cuerpo. Los movimientos de aquel pantalón bien ajustado aumentaban rítmicamente a su vez mientras él seguía bajando su boca por su cuello y se perdía cada vez más en la oscuridad.
El tiempo que duró todo aquello se perdió en el vacío de sus pensamientos. Hasta el sonido de sus gemidos a dúo que poco antes invadía la estancia en medio de una desacostumbrada elevada temperatura dejó de tener importancia en mitad de aquel silencio.
No supo su nombre. Su presencia se perdió en aquel recóndito lugar por el que nunca más volvió y en el que él había dejado una parte más que considerable de su alma. Siguió pues su camino entre la mirada de la gente y el ruido interminable de los vehículos que circulaban por las calles.
FIN


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