martes, junio 06, 2006

Relato: Bajo presión (II)

Levantó la vista. Allí en medio del pasillo estaba su verdugo dando las últimas instrucciones para el comienzo de la ejecución. Uno a uno irían levantándose y poniéndose en fila india dirigiéndose seguidamente al lugar que se le había asignado. ¿Cuando sería su turno? Poco le importaba ahora. Un escalofrío le sobrecogió. Se había puesto al lado de la ventana, a la sombra de un árbol, para que el sol no le diera de lleno y a la vez pudiera sentir el aire. Las hojas juguetonas reflejaban en código morse los rayos que le llegaban del cielo. Pero en un instante la centralita se apagó. El cielo fue cubierto por una inmensa nube negra que oscureció todo el lugar y un gran golpe de viento entró por aquellas ventanas abiertas haciendo bailar las hojas que habían sido repartidas por las dos salas reservadas para la ocasión. Todas excepto las suyas. Estaban completamente enganchadas a sus extremidades superiores. La gente empezó a agacharse para recoger todo aquel pasillo de baldosas de papel reciclado. Él observaba las caras. Con algunos había hablado en contada ocasiones, con otros nunca. Había incluso gente que había tenido santa paciencia con él. Pero solo alguna que otra cara le resultaba totalmente desconocida. En aquella carrera, quieras o no, casi todos se conocen, aunque solo sea de vista.

El cielo se había vuelto completamente negro y se podían ver destellos a lo lejos de los relámpagos que anunciaban que algo realmente fuerte se acercaba hasta allí. Uno. Dos. Tres. Cuatro. Cinco. Seis. Trueno. Uno. Dos. Tres. Cuatro. Trueno. Se acercaba muy deprisa. En medio de este alboroto las luces empezaron a fallar. Los fosforescentes comenzaron a soltar chispas. Alguna que otra chica se oyó chillar cuando éstos empezaron explotar uno a uno. No quiero decir que fuesen las únicas en asustarse. La situación era demasiado extraña para todos. Pero a los chicos se les notaba menos. Los frágiles pedazos de los fosforescentes volcaron una lluvia de diversos colores entre todos los que se encontraban allí. El primer impulso de la gente fue correr hacia la puerta para huir de ese lugar. Pero se la encontraron cerrada. Las dos estaban igual. Los esfuerzos por abrirla eran inútiles. Entre todas esas cosas ninguno se daba cuenta de que la oscuridad empezaba a apoderarse de sus almas.