martes, julio 04, 2006

Relato: Bajo presión (VI)

Carles y los otros chicos se habían dirigido lentamente a través de la pared del aula 14 cerrando los cristales a medida que iban pasando intentando no realizar movimientos bruscos que pudieran alertar a aquellas bestias. Pero éstas notaron enseguida la carne fresca. Varios grupos de ellas se dividieron situándose estratégicamente. No los dejarían volver por donde habían venido. Los tres chicos habían llegado ya al final de su recorrido cuando se dieron cuenta demasiado tarde de que habían sido rodeados. Quedaron los tres paralizados por el terror. Se subieron encima de las mesas. Aquellas cosas se acercaban más y más por el suelo. Hicieron señales a los otros pero éstos seguían demasiado ocupados con las puertas corredizas y no miraban hacia allí. De sus cuerdas vocales apenas salían sonidos con una frecuencia lo suficientemente alta para ser oídos. Decidieron contar hasta tres y comenzar a saltar por las mesas hasta alcanzar la otra sala. A uno de ellos le dio un ataque de pánico. Se echó a llorar diciendo que no lo conseguirían. Que todo lo que hicieran era inútil. Que estaban perdidos. Carles arremetió contra él dándole un par de bofetadas bien dadas. No era momento de ponerse nerviosos. Parecía que estaba más tranquilo. El reloj seguía contando los segundos así que se decidieron salir en ese momento a la desesperada. Pero uno de ellos tuvo tan mala fortuna que le falló el punto de apoyo y cayó entre dos de las mesas. Los otros siguieron avanzando sin ni siquiera mirar atrás hasta que fue demasiado tarde. Vieron un gran numero de pequeños cuerpos negros que se dirigían hacia donde asomaba su cabeza. Comprendieron enseguida que no podrían hacer nada por él sin arriesgar sus propias vidas, así que muy a pesar suyo ganaban algo más de tiempo sacrificando a uno de ellos.

El golpe había sido tremendo. Tenía todo el cuerpo dolorido. La cabeza le daba interminables vueltas. Intentó levantarse. Imposible, la pierna derecha le dolía una barbaridad. Lo más seguro es que se la hubiera roto. Por cierto, ¿donde se encontraba? Por un momento no supo que pensar. No conseguía recordar nada. Y la vista no es que fuera de mucha ayuda tampoco. No distinguía nada con suficiente claridad. Se frotó los ojos con la manga izquierda. Miles de puntos rojos fueron poco a poco apreciándose hasta que se dio cuenta de donde estaba metido. La sangre se le heló y la cara se le quedó completamente blanca al comprender por fin qué era lo que estaba ocurriendo. Levantó la vista como para encomendarse al cielo y entonces lo vio. Estaba justamente encima de su cabeza. Una sustancia verde y pegajosa que había dejado un rastro de babas por todo el techo. Empezaba a perder consistencia y pronto caería sobre su rostro. Sentía acabar de esa o de cualquier otra manera en ese momento. Aún le quedaban muchas cosas por hacer. Y pensar que quedaban dos días solo para el cumpleaños de ella donde tenía pensado pedirle la mano. Una pequeña caja envuelta en papel de colores en su cajón de los calcetines que nunca podrá ser abierta. Sueños que se desvanecen con el viento que mece los recuerdos. Ya ese gran moco arremetía contra él y escuchaba como aquellas cosas se acercaban muy juguetonas a sus piernas.