miércoles, diciembre 13, 2006

Relato: Cruzar el límite

A través del humo una pequeña figura avanza sin que le importe el no saber dónde va. Las palabras no le salen y no sabe que hacer. A menos que encuentre un lugar donde reposar lo que queda de sus huesos dejará la carne por el camino. El río que transporta su sangre se ha contaminado con la única cosa que no le hacía daño. No le importa lo que deja atrás. Ha cerrado los ojos demasiado tarde cayendo en sus propias mentiras.

No puede esperar a que le roben el alma. La da ya por perdida. Demasiado tarde para él. No se puede sostener sobre sus propios huesos. En sus ojos apenas se distingue la luz que antes relucía y hacía disipar la oscuridad. Solo en ese estado queda pues esperar la muerte. Dejadme en paz, es lo que grita con la poca fuerza que le queda al viento que le atraviesa de parte a parte y a los granos de arena que le agujerean los ojos. No hay ninguna puerta tras la cual ponerse a salvo.

A lo lejos se oyen los cascos de unos caballos que van acercándose. Intenta proteger sus ojos del sol y visualizar algo. Dos figuras enfundadas en trajes de cuero y con la cara cubierta avanzan hacia él. Llevan bajo su mando a dos corceles. Uno es tan negro como la noche y otro tan blanco como la más pura luz. Poco a poco disminuyen el paso y se van acercando a él.

Su miedo va en aumento al no saber lo que le espera. Llora como un chiquillo asustado. Tan alto el humo que no ve que el cielo va cambiando. Las nubes cubren todo lo que se puede distinguir de ese lugar.

Oye una voz que le dice: ‘Escoge’. Gira sus propios pensamientos antes de destrozarse contra un día que comenzó en alguna parte. Todo lo que le queda es él mismo. Nada más. ¿Por qué debe jugarse su propia vida a suertes?. Mejor que le pongan una pistola en la sien y disparen de una vez.

Un rayo de luz se abre en el cielo llegando hasta donde está él atravesando las gotas saladas y creando un pequeño dibujo en la palma de su mano. Entre mil pensamientos diferentes comienza a distinguir donde llegar. Lo ha decidido ya y no debe fallar.

Da media vuelta y echa a correr. Los jinetes ni siquiera hacen un movimiento. El pobre diablo comienza a sentir como heladas gotas de lluvia comienzan a golpearle el cuerpo. No piensa en nada más. Su cabeza ya no se puede moldear. Ha acabado con la poca razón que le quedaba. Tropieza y cae más de una docena de veces, hasta que exhausto se sienta a recuperar aliento. Levanta la vista y los ve de nuevo. Esta vez ni siquiera han avisado.

No dicen nada. Él se da cuenta de que por mucho que corra no podrá escapar de ellos. De alguna manera es algo inevitable. Mira a las dos figuras. Apenas se distingue algo en el hueco donde deberían estar sus ojos. Y sin embargo sabe que ellos también lo están observando. Cada movimiento que hace queda registrado en un banco de datos invisible el cual da una respuesta inmediata a la reacción que viene después de cualquier acción suya. Con las últimas fuerzas se pone de pié e intuyendo lo que tiene que hacer se acerca a los dos caballos. Nada hay que los distinga, aparte del color. Hasta tienen la misma marca en el morro, alguna cicatriz antigua supone. Los jinetes son también idénticos. Sus ropas, sus mascaras, todo ello. Sin embargo, no sabría decir cómo, sabe que son dos seres distintos. Blanco o negro. Cara o cruz. La elección ha de ser suya.

Da muchas vueltas en su cabeza. ¿Qué debería ser aquello? ¿Habría llegado ya su hora y tendría que escoger entre el cielo o el infierno? ¿O simplemente un castigo u otro debido a lo que había sido su vida hasta entonces? Blanco. Negro. ¿Qué es lo que debo escoger? ¿Vida o muerte?, pregunta a sus dos acompañantes. Estos callan. Más una sola palabra retumba con un eco imperecedero: Escoge, le habían dicho. Ante él dos posibles elecciones. ¿No quedaba ninguna más? Sabía que no. Blanco o negro. Claro u oscuro. Dudaba demasiado. Avanza un paso hacia el jinete montado en el caballo blanco. Intenta dar otro pero por el rabillo del ojo se fija en el otro y se para. Respira hondo y se dirige hacia el negro. Otra duda. Y otra más. Cerrando los ojos se pone a dar vueltas sobre el mismo sitio y ya mareado y solo guiándose por el oído se acerca a un caballo y lo toca.

Abre los ojos y contempla su elección. Negro. ¿Qué pasará ahora? Sin ser muy consciente de sus movimientos e intentando no caerse intenta aferrarse al caballo. Esta vez una risa de deja oír detrás de la máscara de su anfitrión. Y siente como sus manos se hunden en el lomo del caballo succionándolo hacia su interior. El pobre se asusta e intenta por todos los medios sacar sus dos brazos ya medio metidos. Siente como el frío le comienza a invadir en la parte que ya ha desaparecido dentro. Consigue aferrar sus pies en el suelo y estira para atrás. Otra vez se deja oír la risa. ‘¿Quieres que te ayude?’ Ahora la voz viene de atrás. Con bastante esfuerzo consigue girar la cabeza y ve al otro jinete como le tiende la mano. ‘¿Y qué es lo que me harás tú? ¿cortarme el cuello acaso?’ No contesta.

Viendo como el infinito se abre ante sus ojos y sintiéndose como una estrella perdida en alguna parte la cual no es distinguible dentro de la inmensidad del cielo cierra de nuevo los ojos y deja correr la fuerza que lo arrastra de forma continua a través de su piel. Un grito medio ahogado comienza a salir de sus labios quedando apagado dentro ya del frío que siente ahora en todo él.

A través del humo dos figuras montadas en caballos se alejan hacia ningún sitio llevando la máscara de la discordia y sangre en sus propias manos. Sus huellas son levantadas por el viento mientras la noche aparece y cubre todo con su manto.

Ninguna emoción queda separada de la libertad de alguien a quien sus propios sueños han despertado. La emoción de su búsqueda lo ha consumido por dentro y ya no queda nada de él. Una guitarra suena a lo lejos lentamente mientras una pareja de ángeles lloran nuevamente por la despedida.

FIN
(c) Jessie