jueves, febrero 01, 2007

Relato: Relámpagos (I)

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“Buenas noches, preciosa” “Buenas noches, papi” El hombre está saliendo de la habitación y a punto de tocar el interruptor cuando la niña le dice: “No me apagues la luz” “Creía que ya lo habíamos hablado” “Sí, pero tengo miedo”. El hombre mira a su hija a la cara. Con esos ojos, ¿quien podría negarse?. “De acuerdo. Hoy te la dejo encendida, pero que sea la última vez, ¿eh?”. “Te quiero papi”. El hombre sonríe y deja el dormitorio. La niña está contenta. La niña está feliz. La luz mantiene su territorio a salvo, la protege. En la oscuridad de la noche escucha los ruidos, pero ella ya no teme nada. Cierra los ojos no tardando mucho en dormirse.

Un pequeño ruido hace que vuelva a ser consciente de sus actos. Abre los ojos. No ve nada. Ni la puerta. Ni la ventana. Ni el armario. Mira hacia donde ella está. Siente su cuerpo encima de la cama. Siente sus pequeños dedos de los pies moviéndose asustados debajo de la ropa. Pero no ve nada. Una oscuridad total la envuelve. Ni siquiera distingue su mano cuando se la coloca delante de la cara. El ruido se escucha otra vez. Un escalofrío comienza a invadir su cuerpo y muy asustada llora llamando a su “Papá, papá”. Pero éste no aparece. La oscuridad se lo ha tragado también.

La pequeña se acurruca y se tapa con la ropa de la cama cubriéndose totalmente la cabeza. Ahora reza como su madre le había enseñado antes de irse a vivir con Dios: “Padre nuestro, que estás en el cielo. Santificado sea tu nombre. Venga a nosotros ...” Otra vez. Bastante más cerca. “ ... venga a nosotros tu reino. Hágase tu voluntad ...” Y más cerca. La niña nuevamente vuelve a llamar a su padre. Algo ha llegado a sus pies. Un pequeño peso avanza por encima de la ropa que cubre sus piernas. La pequeña ha dejado de moverse. Toda ella es un solo músculo en tensión. A duras penas puede seguir con su Padre nuestro. Parece que la oscuridad también se lleva sus palabras. Lo está sintiendo ahora encima de su barriguita. Hasta parece que distingue su respiración. Sigue sin poder moverse. Los pequeños pasos continúan hasta llegar a su pecho. Luego se detienen. Ya no oye nada. Ya no siente nada. Parece como si el pequeño visitante se hubiera evaporado. Un suspiro de alivio. Su cuerpo comienza poco a poco a dejar de temblar.


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Vaya, su último Lucky. Como sigan tardando en llegar lo iba a pasar muy mal sin su querido tabaco. Mira el reloj. Las 00:30. Hacía alrededor de una media hora que se había ido la luz en todo el barrio. Algún fallo eléctrico, suponía. Las únicas luces que se podían distinguir eran la de los pocos coches que circulaban por aquella calle a esas horas, y las débiles señales de velas de las casas de alrededor. Había habido un poco de movimiento cuando todo pasó. La gente salió a la calle a preguntar y discutir con sus vecinos lo ocurrido. Pero la casa de enfrente estaba muerta. Una mujer un poco regordeta de la casa de al lado había llamado un par de veces. Pero nadie había contestado. Él mismo que llevaba ya un rato esperando en el mismo lugar ni siquiera le había prestado atención. Solo el sonido de un cubo de basura al caerse le había hecho dirigir una mirada refleja hacia el lugar. Algún gato, pensaba. Se acordaba de la mujer regordeta cuando salía de su casa con los rulos puestos y una bata floreada. Su voz aguda y respingona con la que se dirigía a uno y otro lado con una pequeña lámpara de aceite que le daba un aspecto ligeramente cómico y fantasmagórico a la vez mientras otras figuras casi no distinguibles aparecían y desaparecían en medio de la oscuridad total de esa noche. Mira otra vez su reloj. 00:43. No sabía porqué había quedado en ese lugar tan tarde. Ni porqué no venían a buscarle. Esperaría cinco minutos más y luego marcharía cogiendo un taxi, si encontraba alguno. Era más seguro que irse a casa andando en la oscuridad.

(Continuará)

(c) Jessie