jueves, mayo 31, 2007

Relato: Noche

AVISO: El presente relato tiene algunas palabras malsonantes y el tono no es adecuado para menores. Si crees que puede serte ofensivo de alguna manera no sigas leyendo. Por otra parte, prepárate a caer en las bajezas de la condición humana en medio de un aislado cementerio.

-“Vamos Allen. ¿Quieres darte prisa de una vez, coño? Esto no es ninguna juerga. ¿ Es que no quieres volver pronto para tirarte a tu putita una vez hayamos acabado?” -“ Me estoy dando toda la prisa que puedo señor Freat. Además, si vuelve a llamar putita a mi chica le parto la cara. No me da miedo un sucio borracho como usted. “ -“ ¿Partirme la cara a mi? Joder, a lo que llega esta jodida juventud. Sí, puede que yo sea un sucio borracho, pero aún te puedo pegar una buena paliza. Y si me tocaras un solo pelo te quedarías sin tu preciosa pasta. Así que continúa cavando. El doctor lo quiere para esta noche mismo.” El chico no dijo nada. Se volvió refunfuñando pero antes clavó una mirada de rabia en la persona que estaba frente a él. Ésta tembló, pero no sabía si fue a causa del aire helado que corría por aquellos oscuros y fríos parajes, o porqué sintió aquella intensa rabia. Sonrió dejando entrever algo que en otro tiempo fue una muela y le dio otro trago a la vieja y sucia botella de whisky barato que llevaba en su desgastada gabardina, si se le puede llamar eso, para entrar en calor.
A causa de su forma de vida y sobre todo del alcohol en vez de cuarenta y siete años que tenía aparentaba más de sesenta. Su cara estaba medio iluminada por un viejo farol de aceite colocado sobre una piedra ondular en cuya superficie se podía leer : “SARAH T. FERGUSON CLYDE 1959-1978 Tu familia y amigos no te olvidan”. Este mismo faro iluminaba parte de la figura del joven que ahora estaba cavando justo debajo de la lápida. Tendría unos diecinueve años y era bastante corpulento. Tenía puesto unos tejanos y un grueso suéter de lana y una descosida bufanda de lana rodeándole el cuello. Aquel 23 de Septiembre había llegado a SwetSide, lo que la radio llama la Gran Sierra, una de las peores zonas heladas de los últimos 10 años. - “Es una suerte que al haberla enterrado esta mañana no le haya dado tiempo a la tierra todavía de cuajarse. Pero aún así, cuesta un huevo sacarla. Sí, tú ríete so cabrón, que cuando tenga mi pasta ya te espabilaré, ya. Espero que Ruddy esté bien después de haber asistido hoy al entierro de su mejor amiga. Si supiera lo que le estoy haciendo ahora. Luego , cuando llegue, la tendré entre mis brazos, la consolaré y la iré excitando poco a poco. Primero sus labios. Luego su buen pedazos de tetas, y poco a poco le iré subiendo mis dedos entre las piernas hasta llegar a sus bragas y así frotando suavemente ... “ PLOC. Un sonido a hueco le despertó a ambos de sus pensamientos . -“ Sí, ya lo se chico. Vamos, te ayudaré a quitar la tierra que queda por encima y a abrir la caja. No hay tiempo que perder. Se me acaba la botella y no voy a resistirlo mucho más.” Los dos hicieron fuerza con unas palancasde hierro hasta que la cerradura saltó. Freat levantó la tapa y contempló aquella masa inerte. - “ ¡Qué buena está la puta, ¿eh?! Y tú no vuelvas así la cara que nos es el primer cadáver que ves, ni será el último. Creo que aún podemos quedarnos unos cinco minutos más. Tiempo de sobra para hechar un, ¿cómo decís?, polvete, ¿verdad?. Je,je. “ -“Usted, no puede,... esto NO! “ -“Uhi, que miedo. A ver so marica. ¿Cómo me lo vas a impedir, jilipollas?” -“¡Mamón! ¡Te voy a dar!” Y se abalanzó sobre él. El agujero no dejaba mucha movilidad, pero el viejo fue lo bastante rápido para coger una palanca, esquivar el golpe y darle con ella en la cabeza con la fuerza necesaria para que éste perdiera el equilibrio y que al caer se golpeara la frente en la esquina del ataúd corriéndole la sangre por toda la cara. Ya no se movió más. El borracho miraba el cuerpo del chico muerto de miedo, pero de pronto le entró un ataque de histeria y echó un grito al cielo que heló la sangre de las pocas alimañas que habían por allí y una bandada de alas salió de los árboles más cercanos para inundar el lugar de un remolino de plumas de diferentes tamaños que se mecían al compás del viento. Empezó a reír, o a llorar. Ni el mismo sabía lo que hacía. Si alguien le hubiera visto entonces habría pensado que tenía encima una trompa de muy señor padre y no le hubiera hecho ningún caso, pero habría desviado sus pasos alejándose de él. Solo pensaba en una cosa: joder, joder y joder. Se quedó mirando con una mirada extraña el cadáver de aquella chica. Le arrancó de un tirón la blusa blanca que llevaba puesta y los dos redondos pechos salieron a la vista dentro de un sujetador de seda fina adornado con un lacito rosa que había acompañado a su dueña en momentos muy especiales. De pronto empezó a tener calor, a sudar como un cerdo y su miembro viril empezaba a estirarse y a hacerse cada vez más duro a medida que aumentaba la velocidad de la sangre por todo su cuerpo. Sin poder resistirse le arrancó con la boca el sujetador y sus rojos pezones salieron a flote. Unos pezones que no habían perdido nada de la calidad envidiable que había llevado a más de un chico del instituto a hacer locuras para conseguir a su dueña. La levantó un poco y le arrimó los labios y con su lengua pegajosa todavía por el whisky empezó a recorrer sus pechos: arriba y abajo, abajo y arriba. Se estaba poniendo a mil por hora y comprendió que no podía aguantar mucho más ya que la presión de la parte delantera de su pantalón le empezaba hasta a hacer daño. Así que se bajó los pantalones y los calzones llenos de mierda y admiró su miembro. Colocó el cadáver en la posición adecuada abriéndolo de piernas. Le levantó la falda y ya iba a abalanzarse sobre la parte más secreta que la mujer guarda para el día más feliz de su vida, se supone, ya que siempre hay excepciones en todos los casos, cuando se quedó mudo de asombro al ver sobresalir de la braguita rosa la cabeza de un pequeño gusano. Sintió seguidamente asco y escupió un gargajo de los que siempre te encuentras pisando en la calle, y se dijo: “ Este animalico no me va a fastidiar la fiesta. Ya me haré una paja aquí mismo y veremos quien aguanta más. “ y se empezó a masturbar. Pero unas nauseas incontrolables le vinieron cuando vio que no había solo uno, sino que empezaban a surgir dos, tres, cuatro, cinco, ... una docena, y empezó a cagarse, esta vez sin pantalones. “Esto no es normal “ se dijo y enseguida se dio la vuelta para salir del foso enredándose con sus pantalones medio bajados y cayendo al fondo del foso. Quedó un poco aturdido pero tenía el suficiente miedo en el cuerpo para querer salir a toda costa de ese maldito lugar. Al apoyarse en la pared para ponerse en pie sintió como unas cosas pegajosas empezaban a rodearle los dedos y quedó completamente petrificado al observar como miles de cabecitas con los ojos inyectados de sangre sobre él salían de la tierra que le rodeaba. ¿ De donde salían tantos? Era como estar en una sopa de un bar de carretera donde ellos eran los fideos y tú una cosa que llaman carne y que vete a saber como estás hecha. Estaba completamente paralizado por el terror. De pequeño solía cogerlos para ir a pescar al río con los amigos. Él era ahora la presa, y lo sabía, y por eso mismo solo pudo lanzar un grito que esta vez quedó ahogado por los gemidos del viento cuando empezó a sentir que esas pequeñas criaturas traspasaban su carne poco a poco. Cayó al suelo ya sin fuerzas y lo único que pudo hacer antes de dar su último suspiro, lo único que no iban a pillar esos putos bichos, fue reírse como un loco que ha perdido por completo toda forma racional de pensar y cagarse mentalmente en todo diós: el doctor, el whisky, en el joven Allen que pronto le seguiría como postre, si no lo había hecho ya, en la puta ramera que había sido la causante de todo, en sus padres que le abandonaron en una perrera, en el juez que,..... Con cada centímetro que esas bestias daban dentro de él sentía que le quitaban soplos de vida. Era como tener miles de agujas clavadas por todo tu cuerpo metiéndose por las orejas, por tu nariz, por el hueco de los ojos, por tu trasero, haciéndote agujeros en el estómago. Que festín que se daban con él. Por lo menos no durarían mucho. Con este pensamiento y un mierda medio apagado dejó de pertenecer al mundo de los vivos mientras el rugir del viento mecía la copa de los árboles y empezaban a caer suaves copos de nieve cubriendo el lugar.

FIN

© Jessie