Era una noche extraña. Para John McClane, o al menos le gustaba pensar que era éste, con el mono de nicotina recorriendo su sangre le parecía más bien un temible paseo hacia las profundidades de la desesperación humana. Solo quería un paquete, pero al entrar en la tienda se dio cuenta de que no iba a ser tan fácil hacer el viaje de vuelta.
Giró la cabeza y se encontró encañonado con un pequeño revólver. Su primer pensamiento no fue el típico "Mamá, ¿dónde estas?" sino un más bien "Lo que faltaba para hincharme las pelotas". El otro chico que se encontraba detrás se rió mientras seguía con sus propios asuntos.
- Que tonto. Casi se me olvida.
Dio media vuelta y se dirigió otra vez hacia el interior de la tienda haciendo caso omiso del chico que le apuntaba. Acercándose al mostrador le preguntó al vendedor:
- Perdone, pero no tendrá de aquellas pastillas rosadas que saben a fresa, ¿verdad?. Es que a mi hija pequeña le encantan. Y ya que estoy aquí...
Éste se quedó parado. ¿Es qué no le importaba nada su vida? Estaba allí delante suyo con uno de esos chicos poniéndose nervioso con un arma en la mano y solo pensaba en caramelos. ¿Sería un loco?
¿De qué coño iba ese tío? ¿Acaso se estaba burlando de él? No sabía con quien se la estaba jugando. Esta vez se le colocó detrás y levantando el brazo apoyo el cañón de su pipa en la sien.
- Ya puedes ir soltando todo lo que lleves encima del mostrador sino quieres ver tus sesos esparcidos por toda la tienda. ¿Entiendes?
El vendedor estaba a punto de echarse a llorar. Sus pasos comenzaron a retroceder poco a poco hacia la trastienda intentando alejarse de aquellos mal nacidos.
- Tú. Quieto ahí. Lo mismo que va para este cabrón va para ti, viejo.
Solo necesitó de aquel leve segundo que distrajo su atención para darle un giro completo a la situación. Un rápido movimiento y estrelló la cara de ese chorizo contra el mostrador rompiendo el cristal.
Recogió el arma del suelo en el momento que el otro se acercaba para ver que ocurría.
- ¿Qué, tú también quieres tu parte?
Éste miró a su compañero medio atontado y distinguió claramente como una brecha de sangre comenzaba a resbalar por su cara. No supo que hacer. Tampoco le iba a dejar allí. Coño, era su amigo. Pero el hijo de puta ese tenía la pistola. Su mirada fue entonces a parar a la calle. Sonrió. Ellos ya se encargarían de él.
- Vamos tío. Tranquilízate, ¿vale?. Solo quiero coger a mi colega y salir de aquí. ¿De acuerdo?
Sus pasos se movían de un lado a otro. Levantaba las manos de vez en cuando haciendo gestos. Todo para dar tiempo a los otros para prepararse. Ahora vería ese cacho cabrón que había escogido un mal día para estar vivo.
Las balas comenzaron a silbar por encima de su cabeza atravesando la puerta y yendo a estrellarse contra las decenas de botellas que habían detrás de él. Los cristales comenzaron a salpicar toda la estancia que se estaba volviendo cada vez más afixiante con aquel olor a whisky barato.
Tuvo el tiempo justo para saltar hacia un lado y cubrirse detrás del pequeño mueble donde se ponían las revistas. Los muy hijos de ... Al cabo de unos segundos los disparos dejaron de sonar y escuchó los pasos de aquellos tipos como entraban en la estancia haciéndose notar sobre los cientos de cristales que habían quedado esparcidos por toda la tienda.
Estaba cada vez más nervioso. Aquellos cabrones le habían jodido bien. Se llevo la mano al bolsillo de la chaqueta. Allí seguía todavía su preciado paquete. Lentamente lo sacó y se encendió un cigarrillo pudiendo sentir aquel humo caliente atravesando su garganta y fundiéndose dentro de sus pulmones. Era justo lo que necesitaba.
Apenas distinguía lo que pasaba allí fuera. Sus oídos parecían una bomba de relojería, solo con un tictac continuo que le atravesaba de parte a parte el cerebro. Debía concentrarse.
Todavía con el cigarrillo entre los labios empezó a arrastrarse lentamente. No tardarían mucho más en ir a por él, y lo sabía. Su única esperanza era el poder cogerlos a ellos antes de que se dieran cuenta. Su visibilidad daba para bastante poco. Un pequeño cristal le había saltado cerca del ojo y un chorro de sangre le cubría por completo la parte izquierda de la cara.
¿De qué coño iba ese tío? ¿Acaso se estaba burlando de él? No sabía con quien se la estaba jugando. Esta vez se le colocó detrás y levantando el brazo apoyo el cañón de su pipa en la sien.
- Ya puedes ir soltando todo lo que lleves encima del mostrador sino quieres ver tus sesos esparcidos por toda la tienda. ¿Entiendes?
El vendedor estaba a punto de echarse a llorar. Sus pasos comenzaron a retroceder poco a poco hacia la trastienda intentando alejarse de aquellos mal nacidos.
- Tú. Quieto ahí. Lo mismo que va para este cabrón va para ti, viejo.
Solo necesitó de aquel leve segundo que distrajo su atención para darle un giro completo a la situación. Un rápido movimiento y estrelló la cara de ese chorizo contra el mostrador rompiendo el cristal.
Recogió el arma del suelo en el momento que el otro se acercaba para ver que ocurría.
- ¿Qué, tú también quieres tu parte?
Éste miró a su compañero medio atontado y distinguió claramente como una brecha de sangre comenzaba a resbalar por su cara. No supo que hacer. Tampoco le iba a dejar allí. Coño, era su amigo. Pero el hijo de puta ese tenía la pistola. Su mirada fue entonces a parar a la calle. Sonrió. Ellos ya se encargarían de él.
- Vamos tío. Tranquilízate, ¿vale?. Solo quiero coger a mi colega y salir de aquí. ¿De acuerdo?
Sus pasos se movían de un lado a otro. Levantaba las manos de vez en cuando haciendo gestos. Todo para dar tiempo a los otros para prepararse. Ahora vería ese cacho cabrón que había escogido un mal día para estar vivo.
Las balas comenzaron a silbar por encima de su cabeza atravesando la puerta y yendo a estrellarse contra las decenas de botellas que habían detrás de él. Los cristales comenzaron a salpicar toda la estancia que se estaba volviendo cada vez más afixiante con aquel olor a whisky barato.
Tuvo el tiempo justo para saltar hacia un lado y cubrirse detrás del pequeño mueble donde se ponían las revistas. Los muy hijos de ... Al cabo de unos segundos los disparos dejaron de sonar y escuchó los pasos de aquellos tipos como entraban en la estancia haciéndose notar sobre los cientos de cristales que habían quedado esparcidos por toda la tienda.
Estaba cada vez más nervioso. Aquellos cabrones le habían jodido bien. Se llevo la mano al bolsillo de la chaqueta. Allí seguía todavía su preciado paquete. Lentamente lo sacó y se encendió un cigarrillo pudiendo sentir aquel humo caliente atravesando su garganta y fundiéndose dentro de sus pulmones. Era justo lo que necesitaba.
Apenas distinguía lo que pasaba allí fuera. Sus oídos parecían una bomba de relojería, solo con un tictac continuo que le atravesaba de parte a parte el cerebro. Debía concentrarse.
Todavía con el cigarrillo entre los labios empezó a arrastrarse lentamente. No tardarían mucho más en ir a por él, y lo sabía. Su única esperanza era el poder cogerlos a ellos antes de que se dieran cuenta. Su visibilidad daba para bastante poco. Un pequeño cristal le había saltado cerca del ojo y un chorro de sangre le cubría por completo la parte izquierda de la cara.
(Continuará)
© Jessie


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